Él se deshacía en pedazos, pensando en los corazones que rompió «las mujeres aman y los hombres desean», recordó. Y estuvo a punto de descubrir que todas eran una. 

Casi vio que los ojos de Eywa tenían guardados los ojos de todas las demás. Y no supo que sus labios estuvieron en todas las veces pasadas, en todas. 

Y Dios era ella y él, el pequeño ser que había creado. Por eso ella lo amaba y él la deseaba, porque ella tenía alma, ella era el alma. Cada vez que él la veía, la buscaba, de cualquier color o estatura. Y fue morena y gordita, y fue blanquita y fue gruñona. Y ella creo la música y él la interpretó. 

Todo el mundo era un juego que ella había creado, para verlo feliz y dejar que se sientera vivo, independiente, creativo. Así el tenía un universo también, buscaría y preguntaría… 

Y en ese universo ella aparecía, como por casualidad y entonces él sentía que la tenía y la perdía. Mientras él seguía jugando feliz, ella lo miraba jugando…

Y así, ella lo amaba y él la deseaba…